viernes, 11 de julio de 2008

Odio la comida de los aviones

Viajé con KLM. Nunca había hecho un viaje tan largo, lo más lejos que había ido en avión era a Italia (ida a Milán y regreso desde Roma) hace siete años, y tampoco había tenido que tomar más de un avión, vamos, hacer escala. Esto no supuso ningún problema, porque teníamos tiempo de sobra entre un avión y el otro al ir y al volver, pero es un rollo, eso sí es verdad.

Tampoco tuvimos problemas con la maleta (sólo facturamos una, y otra de equipaje de mano), ni a la llegada allí hubo ningún problema con inmigración (un poli todo majete que no nos tuvo ni cinco minutos a los dos en su mostrador).

Pero la comida del avión es vomitiva, directamente. ¿Para qué te dan a elegir pollo o ternera si el pollo es una especie de puré asqueroso y la ternera es todo arroz? Comí pan con mantequilla y el postre, que era un pequeño trocito de tarta de manzana. Menos mal que luego daban más cosillas, galletas, bollitos y cosas así. Pero aun así, asqueroso. Además, hay una regla en mis viajes en avión: cuando sirvan la comida, habrá turbulencias. No falla. Lo cual hace aún más divertido todo.

Por lo demás, a la ida guay porque teníamos pantallas en cada asiento con un montón de pelis y series para elegir (vi The kite runner, capis de los Simpson y de Friends, todo en inglés, porque la versión doblada en español neutro no la soporto, y abandoné Pozos de ambición porque en la primera media hora casi me duermo). Pero a la vuelta, como era un vuelo nocturno, no había tele ni nada. Sólo unas pequeñas pantallas cada mil asientos donde ponían tonterías varias. Y todas las luces apagadas, a mí que me cuesta dormir en una cama, como para dormir en pleno vuelo... Nunca más vuelos nocturnos. (Ya vendrá la parte buena, ya)

QUEDAN 5 DÍAS PARA EL CONCIERTO DE BRUCE SPRINGSTEEN

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